Gran Torino
Una crítica de Miguel Ángel Torres Ponce
Nos encontramos ante un largometraje
estrenado en 2008, dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, un director
peculiar, actor en sus comienzos e ídolo impertérrito de un género como el
western.
Se puede interpretar
este filme, dónde Eastwood nos muestra esa otra cara de bondad y fe en el ser
humano como ya hizo con Million Dollar
Baby, como un estudio rápido y pormenorizado sobre los prejuicios y
estereotipos racistas y machistas que asolan los Estados Unidos en la
actualidad. Aunque la globalidad también es uno de sus objetivo
Eastwood, quien también
se reserva el papel principal en la película, también nos enseña una reinterpretación
con respecto a los antiguos papeles que ya interpretase en el pasado, y que tan
buen éxito de taquilla y público le dieron, dentro del género policíaco.
Sin embargo, la
historia que nos cuenta no deja de ser muy fría en cuanto a emociones, muy
maniquea. La transformación que se da en Eastwood en días no es creíble. Nadie pasa
de ser un ser testatarudo con unos fuertes principios a ser alguien
diametralmente distinto. Y es en este
punto donde la historia flaquea por enteros. Si no llegas a creerte este punto
la película se cae completamente y lo que queda es un panfleto moral que no
indaga en los por qués de esa xenofobia en los Estados Unidos, sólo la muestra
y tampoco llega a ofrecer soluciones satisfactorias. Y quizás ese no sea su
cometido, que para eso están los largos y grandes estudios que al tema le
dedican filósofos y antropólogos, pero a este crítico le resultaría más cómodo
adentrarse en el relato de Eastwood de ser así.
Todo está muy
manipulado. Las cosas son así porque Eastwood sabe que tiene que ser así y la
normalidad que debe transmitir un vecindario más de Norteamérica se transforma
en un escenario de teatro dónde el director va moviendo los personajes según le
conviene. Uno de estos puntos es el
lugar de procedencia de la familia inmigrante que hace que todos los
pensamientos anteriores del personaje de Eastwood cambien en tiempo record. Los
Hmong, son una antigua aliada estadounidense en la Guerra de Vietnam, gran tema
del cine de los Estados Unidos que ha sido llevado infinidad de veces por
grandes directores como Casualties of War
de Brian de Palma. Un pueblo que queda muy simplificado en la historia de
Eastwood, con una historia muy dura por detrás y que el lector podrá encontrar
fácilmente buscando en libros o en la red, ya que el cometido de esta crítica
no es lanzar una parrafada y dar lecciones de historia. Lo que cuenta es lo que
cuenta. Y lo que se cuenta es lo mismo de siempre. Qué buenos son los
estadounidenses, que malos son los comunistas
Con respecto a lo que
se muestra del resto de inmigrantes que integra el barrio dónde el personaje de
Eastwood vive no hay mucho que decir. Cómo ya resultan mil veces vistos en
otras películas que la sensación que nos produce es la de un constante deja vu
dónde sabemos lo siguiente que va a pasar, nos adelantamos a los pensamientos
de sus protagonistas y resolvemos el final de la historia mucho antes de que
esta llegue a su clímax. Cómo ya ocurría en una cinta de similares contenidos,
pero de peor factura, Crossing Over, el
ideal del inmigrante bueno para los Estados Unidos es aquel que intenta
integrarse en su cultura y ser un estadounidense más aunque por el camino
pierda toda una tradición milenaria. Eso es lo que representa en el fondo ese
coche que cuida con ahínco el protagonista, símbolo del american way of life, del esfuerzo que requieren los grandes objetivos
y que es ansiado por el chico inmigrante. La escena dónde este es retado a
destrozarlo por una panda de inmigrantes familiares lo deja claro. Y es que el
no seguir con los conceptos de vida de los Estados Unidos es el auténtico eje
de la historia. Los malos son malos porque no quieren convertirse en
estadounidenses.
Eastwood podría haberse
esmerado mucho más en la construcción de personajes y haber entregado una gran
cinta sobre estos principios y prejucios que asolan el lugar dónde vive desde
hace décadas, en vez de seguir jugando al juego de siempre. Y es que de las
bases de Gran Torino a las de Dirty
Harry no hay más que un pequeño paso. El pensamiento de Eastwood se ve a
leguas. No lo intenta enmascarar si quiera un poco para que el espectador no
afín se sienta más conforme con sus ideas.
Así, lo que tenemos al
final es un western crepuscular. Una película de vaqueros dónde ya no hay
enfrentamientos con pistolas y montando a caballo bajo el atardecer. El
personaje de Eastwood es representado como ese guardián de los valores de la
sociedad, que no desea que esta sufra daños y cambios. No está tan alejado del
personaje de Gary Cooper en High Noon,
donde decide combatir el sólo a una panda de forajidos que vienen a destruir la
apacible vida de su pueblo o incluso un Harry ya en épocas bajas y a punto de
jubilarse con la diferencia de que en Gran Torino el conflicto se resuelve de
forma dialéctica y no a base de tiros. Aquí no hay ley del Talión, del ojo por
ojo, que tanto ha divertido al espectador en sus anteriores películas.
Otro punto a remarcar
es el papel que juega la iglesia en toda la película como símbolo de salvación.
Todo muy moralista como se ha escrito anteriormente. La iglesia vuelve a tener
el papel de organismo conciliador como se demuestra en la escena dónde vemos un
grupo de terapia de distintas etnias hermanados bajo el seno de esta.
La salvación es otro
gran concepto que sobrevuela la historia desde el comienzo. Nunca es tarde para
redimirse y todo mal recibirá su castigo en un momento u otro.
Esta idea también
reside en el personaje de Eastwood que en el pasado cometió hechos horribles y
espantosos y por lo tanto, aunque se redime y limpia sus pecados con su acto
final por salvaguardarlos a todos, obtiene su pena que cumplir.
La música en ese
sentido, compuesta por su propio hijo, Kyle Eastwood y Michael Stevens, es
bastante reveladora en todo. A penas
unas notas, como nos tiene acostumbrados este autor en sus películas, un estilo
minimalista para crear una melodía serena y sencilla, de carácter melancólico y
esperanzador.
La conclusión que se llega una vez visto el fin es muy insatisfactoria.
No es un mala película y la mano de Eastwood en la dirección salva muchas
escenas en la misma pero nos suena a muchas otras películas que se desarrollan
igual. Sin ir más lejos, la película Up nos presenta la misma
transformación aunque de forma algo más creíble a pesar de lo fantástico de la
historia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario