miércoles, 8 de mayo de 2013

Entre les Murs

Entre les Murs
Una crítica de Miguel Ángel Torres Ponce


Entre les Murs es una película de 2008 dirigida por el director francés Laurent Cantet y que está basada en el libro homónimo del escritor François Bégaudeau sobre las enseñanzas y vicisitudes de un profesor ante su clase. . Se alzó con el máximo galardón en el Festival de Cine de Cannes. Cantet, que curiosamente es hijo de profesores, ya es un director reconocido en su país y también fuera de este. Tres son los largometrajes a sus espaldas y una anécdota nos cuenta que conoció al escritor de la novela durante el estreno de Vers le Sud (Cantet, 2005). 

Bégaudeau, que es profesor de instituto, escribe una historia casi autobiográfica pero que se aleja de otras novelas y materiales sobre el mismo tema. Aquí no tenemos historias de profesores frustrados con sus alumnos a los que intentan dar una lección de moral y fe en el ser humano. Es algo más realista, mucho más familiar y que cualquiera que haya estado en una clase, tanto de profesor como de alumno, se ve reflejado en alguno de los personajes y empatiza rápidamente con los mismos.

La película de Cantet sigue a su vez una estela del cine francés sobre la temática de la educación. Conocidas son Ça commence aujourd'hui de Bertrand Tavernier o Être et avoirde de Nicolas Philibert. Aunque esta se encuentra rodada bajo unos tándemes más propios del cine documental que de una película de ficción más. 

Lo que vemos en la película es la representación bajo un microcosmos como es una clase de un instituto, de un macrocosmos mayor como es la Francia actual. Así a base de estereotipos fácilmente reconocibles se nos presenta la realidad de un país donde el influjo cultural, como todo, tiene su lado positivo y su lado negativo. 

Siguiendo el esquema de la recomendable Dangerous Minds con una espléndida Michelle Pfeiffer, el relato centra su acción, al igual que ocurre en la novela, en el día a día de un profesor de que imparte francés en un instituto. Françoise, interpretado por el propio escritor de la novela en un juego de metaficción para lograr el máximo realismo posible de la historia, intenta dar sus clases basándose en el diálogo conciliador entre todos sus alumnos dónde lo que se fomenta es la participación de estos en la misma y sus puntos de vista de los temas que se tratan. Él le da total libertad de participación a sus alumnos, lo que le lleva a meterse en algún que otro malentendido como aquel que ocurre con un estudiante que le pregunta si es homosexual. Esta escena que podría haberse rodado como un conflicto más significativo en otra película más irreal y hollywoodiense, Cantet la retrata con la más absoluta normalidad, es una pregunta más que se responde con un no de lo más normal. 

Así, tanto los propios alumnos como el propio profesor van madurando durante todo el film. No ocurre lo mismo con el resto de profesores que en un principio están entusiasmados de impartir clases pero que a medida que pasa el tiempo van decayendo, entrando en una espiral de pesimismo hacia sus alumnos. Se muestra así las dos caras de una misma moneda y los distintos modos de enfrentarse ante un hecho común.

Entre diálogos, algunos más interesantes que otros, se dará lugar a una batalla dialéctica dónde tendrán cabida todas las preocupaciones de un adolescente actual como el deporte, la soledad, los complejos físicos, la desmotivación ante los estudios…

Pero no todo podía ser tan utópico. Esta representación de un país también tiene sus límites como se ve en la escena dónde el personaje de Souleymane golpea sin querer a una chica tras una acalorada conversación. La fuerza siempre está presente en nuestra vida y la violencia es el día a día de una sociedad que aunque civilizada no olvida los tiempos pasados de barbarie. 

Las consecuencias posteriores que tendrá este acto será otro reflejo social de este microcosmos de alumnos. Se creará un consejo escolar y se enjuiciará a Souleymane con el castigo de la expulsión del colegio, aunque no queda claro si también tendrá que irse del país. Así el alumno aprende que todo acto tiene consecuencia y que la violencia tiene siempre su castigo. Es este personaje quizás el que saca al espectador un poco de ese realismo fingido que se ha estado planificando durante toda la película. Sabemos que al final va a ser él y no otro el que reciba una dura lección. Nos lo van dando a entender durante todo el filme y quizás habría sido mejor una sorpresa enjuiciando a otro alumno y no al que todo el mundo espera.

Lo más interesante del filme es sin duda la forma en la que está grabado. Ese estilo casi documental, muy de moda en estos tiempos de cine digital, nos hace preguntarnos más de una vez si todo lo que nos están contando es en realidad una grabación de unos hechos verídicos y que los actores no son tal sino personas normales y corrientes que se encuentran delante de una cámara. 

Todo se debe a una gran fase de pre-producción dónde el director creó talleres y estuvo conviviendo con todos los chicos y el profesor durante meses para lograr el máximo realismo en las interacciones entre ellos.

Como punto negativo se podría señalar la casi inexistencia de los padres en la película, aún cuando ellos forman parte del círculo educativo de un niño. Quizás una confrontación con estos habría dado puntos más interesantes a la película ya que se habrían explotado otras vías de educación y se habría dado una visión más amplia del tema. 

En conclusión, estamos ante una cinta notable que propone un juego de diálogos como método para la confrontación de conflictos. No sabemos si al final el método de François es el correcto o funciona de verdad pero la cinta nos invita a que reflexionemos y busquemos información por nuestra cuenta al final de la misma. Y eso, en los tiempos que corren, ya es pedirle mucho a una película.

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