jueves, 23 de mayo de 2013

Gran Torino

Gran Torino
Una crítica de Miguel Ángel Torres Ponce

Nos encontramos ante un largometraje estrenado en 2008, dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, un director peculiar, actor en sus comienzos e ídolo impertérrito de un género como el western.
Se puede interpretar este filme, dónde Eastwood nos muestra esa otra cara de bondad y fe en el ser humano como ya hizo con Million Dollar Baby, como un estudio rápido y pormenorizado sobre los prejuicios y estereotipos racistas y machistas que asolan los Estados Unidos en la actualidad. Aunque la globalidad también es uno de sus objetivo

Eastwood, quien también se reserva el papel principal en la película, también nos enseña una reinterpretación con respecto a los antiguos papeles que ya interpretase en el pasado, y que tan buen éxito de taquilla y público le dieron, dentro del género policíaco.

Sin embargo, la historia que nos cuenta no deja de ser muy fría en cuanto a emociones, muy maniquea. La transformación que se da en Eastwood en días no es creíble. Nadie pasa de ser un ser testatarudo con unos fuertes principios a ser alguien diametralmente distinto.  Y es en este punto donde la historia flaquea por enteros. Si no llegas a creerte este punto la película se cae completamente y lo que queda es un panfleto moral que no indaga en los por qués de esa xenofobia en los Estados Unidos, sólo la muestra y tampoco llega a ofrecer soluciones satisfactorias. Y quizás ese no sea su cometido, que para eso están los largos y grandes estudios que al tema le dedican filósofos y antropólogos, pero a este crítico le resultaría más cómodo adentrarse en el relato de Eastwood de ser así.

Todo está muy manipulado. Las cosas son así porque Eastwood sabe que tiene que ser así y la normalidad que debe transmitir un vecindario más de Norteamérica se transforma en un escenario de teatro dónde el director va moviendo los personajes según le conviene.  Uno de estos puntos es el lugar de procedencia de la familia inmigrante que hace que todos los pensamientos anteriores del personaje de Eastwood cambien en tiempo record. Los Hmong, son una antigua aliada estadounidense en la Guerra de Vietnam, gran tema del cine de los Estados Unidos que ha sido llevado infinidad de veces por grandes directores como Casualties of War de Brian de Palma. Un pueblo que queda muy simplificado en la historia de Eastwood, con una historia muy dura por detrás y que el lector podrá encontrar fácilmente buscando en libros o en la red, ya que el cometido de esta crítica no es lanzar una parrafada y dar lecciones de historia. Lo que cuenta es lo que cuenta. Y lo que se cuenta es lo mismo de siempre. Qué buenos son los estadounidenses, que malos son los comunistas

Con respecto a lo que se muestra del resto de inmigrantes que integra el barrio dónde el personaje de Eastwood vive no hay mucho que decir. Cómo ya resultan mil veces vistos en otras películas que la sensación que nos produce es la de un constante deja vu dónde sabemos lo siguiente que va a pasar, nos adelantamos a los pensamientos de sus protagonistas y resolvemos el final de la historia mucho antes de que esta llegue a su clímax. Cómo ya ocurría en una cinta de similares contenidos, pero de peor factura, Crossing Over, el ideal del inmigrante bueno para los Estados Unidos es aquel que intenta integrarse en su cultura y ser un estadounidense más aunque por el camino pierda toda una tradición milenaria. Eso es lo que representa en el fondo ese coche que cuida con ahínco el protagonista, símbolo del american way of life, del esfuerzo que requieren los grandes objetivos y que es ansiado por el chico inmigrante. La escena dónde este es retado a destrozarlo por una panda de inmigrantes familiares lo deja claro. Y es que el no seguir con los conceptos de vida de los Estados Unidos es el auténtico eje de la historia. Los malos son malos porque no quieren convertirse en estadounidenses.

Eastwood podría haberse esmerado mucho más en la construcción de personajes y haber entregado una gran cinta sobre estos principios y prejucios que asolan el lugar dónde vive desde hace décadas, en vez de seguir jugando al juego de siempre. Y es que de las bases de Gran Torino a las de Dirty Harry no hay más que un pequeño paso. El pensamiento de Eastwood se ve a leguas. No lo intenta enmascarar si quiera un poco para que el espectador no afín se sienta más conforme con sus ideas.

Así, lo que tenemos al final es un western crepuscular. Una película de vaqueros dónde ya no hay enfrentamientos con pistolas y montando a caballo bajo el atardecer. El personaje de Eastwood es representado como ese guardián de los valores de la sociedad, que no desea que esta sufra daños y cambios. No está tan alejado del personaje de Gary Cooper en High Noon, donde decide combatir el sólo a una panda de forajidos que vienen a destruir la apacible vida de su pueblo o incluso un Harry ya en épocas bajas y a punto de jubilarse  con la diferencia de que en Gran Torino el conflicto se resuelve de forma dialéctica y no a base de tiros. Aquí no hay ley del Talión, del ojo por ojo, que tanto ha divertido al espectador en sus anteriores películas.

Otro punto a remarcar es el papel que juega la iglesia en toda la película como símbolo de salvación. Todo muy moralista como se ha escrito anteriormente. La iglesia vuelve a tener el papel de organismo conciliador como se demuestra en la escena dónde vemos un grupo de terapia de distintas etnias hermanados bajo el seno de esta.

La salvación es otro gran concepto que sobrevuela la historia desde el comienzo. Nunca es tarde para redimirse y todo mal recibirá su castigo en un momento u otro.
Esta idea también reside en el personaje de Eastwood que en el pasado cometió hechos horribles y espantosos y por lo tanto, aunque se redime y limpia sus pecados con su acto final por salvaguardarlos a todos, obtiene su pena que cumplir.

La música en ese sentido, compuesta por su propio hijo, Kyle Eastwood y Michael Stevens, es bastante reveladora en todo. A  penas unas notas, como nos tiene acostumbrados este autor en sus películas, un estilo minimalista para crear una melodía serena y sencilla, de carácter melancólico y esperanzador.


La conclusión que se llega una vez visto el fin es muy insatisfactoria. No es un mala película y la mano de Eastwood en la dirección salva muchas escenas en la misma pero nos suena a muchas otras películas que se desarrollan igual. Sin ir más lejos, la película Up nos presenta la misma transformación aunque de forma algo más creíble a pesar de lo fantástico de la historia.  

miércoles, 8 de mayo de 2013

Entre les Murs

Entre les Murs
Una crítica de Miguel Ángel Torres Ponce


Entre les Murs es una película de 2008 dirigida por el director francés Laurent Cantet y que está basada en el libro homónimo del escritor François Bégaudeau sobre las enseñanzas y vicisitudes de un profesor ante su clase. . Se alzó con el máximo galardón en el Festival de Cine de Cannes. Cantet, que curiosamente es hijo de profesores, ya es un director reconocido en su país y también fuera de este. Tres son los largometrajes a sus espaldas y una anécdota nos cuenta que conoció al escritor de la novela durante el estreno de Vers le Sud (Cantet, 2005). 

Bégaudeau, que es profesor de instituto, escribe una historia casi autobiográfica pero que se aleja de otras novelas y materiales sobre el mismo tema. Aquí no tenemos historias de profesores frustrados con sus alumnos a los que intentan dar una lección de moral y fe en el ser humano. Es algo más realista, mucho más familiar y que cualquiera que haya estado en una clase, tanto de profesor como de alumno, se ve reflejado en alguno de los personajes y empatiza rápidamente con los mismos.

La película de Cantet sigue a su vez una estela del cine francés sobre la temática de la educación. Conocidas son Ça commence aujourd'hui de Bertrand Tavernier o Être et avoirde de Nicolas Philibert. Aunque esta se encuentra rodada bajo unos tándemes más propios del cine documental que de una película de ficción más. 

Lo que vemos en la película es la representación bajo un microcosmos como es una clase de un instituto, de un macrocosmos mayor como es la Francia actual. Así a base de estereotipos fácilmente reconocibles se nos presenta la realidad de un país donde el influjo cultural, como todo, tiene su lado positivo y su lado negativo. 

Siguiendo el esquema de la recomendable Dangerous Minds con una espléndida Michelle Pfeiffer, el relato centra su acción, al igual que ocurre en la novela, en el día a día de un profesor de que imparte francés en un instituto. Françoise, interpretado por el propio escritor de la novela en un juego de metaficción para lograr el máximo realismo posible de la historia, intenta dar sus clases basándose en el diálogo conciliador entre todos sus alumnos dónde lo que se fomenta es la participación de estos en la misma y sus puntos de vista de los temas que se tratan. Él le da total libertad de participación a sus alumnos, lo que le lleva a meterse en algún que otro malentendido como aquel que ocurre con un estudiante que le pregunta si es homosexual. Esta escena que podría haberse rodado como un conflicto más significativo en otra película más irreal y hollywoodiense, Cantet la retrata con la más absoluta normalidad, es una pregunta más que se responde con un no de lo más normal. 

Así, tanto los propios alumnos como el propio profesor van madurando durante todo el film. No ocurre lo mismo con el resto de profesores que en un principio están entusiasmados de impartir clases pero que a medida que pasa el tiempo van decayendo, entrando en una espiral de pesimismo hacia sus alumnos. Se muestra así las dos caras de una misma moneda y los distintos modos de enfrentarse ante un hecho común.

Entre diálogos, algunos más interesantes que otros, se dará lugar a una batalla dialéctica dónde tendrán cabida todas las preocupaciones de un adolescente actual como el deporte, la soledad, los complejos físicos, la desmotivación ante los estudios…

Pero no todo podía ser tan utópico. Esta representación de un país también tiene sus límites como se ve en la escena dónde el personaje de Souleymane golpea sin querer a una chica tras una acalorada conversación. La fuerza siempre está presente en nuestra vida y la violencia es el día a día de una sociedad que aunque civilizada no olvida los tiempos pasados de barbarie. 

Las consecuencias posteriores que tendrá este acto será otro reflejo social de este microcosmos de alumnos. Se creará un consejo escolar y se enjuiciará a Souleymane con el castigo de la expulsión del colegio, aunque no queda claro si también tendrá que irse del país. Así el alumno aprende que todo acto tiene consecuencia y que la violencia tiene siempre su castigo. Es este personaje quizás el que saca al espectador un poco de ese realismo fingido que se ha estado planificando durante toda la película. Sabemos que al final va a ser él y no otro el que reciba una dura lección. Nos lo van dando a entender durante todo el filme y quizás habría sido mejor una sorpresa enjuiciando a otro alumno y no al que todo el mundo espera.

Lo más interesante del filme es sin duda la forma en la que está grabado. Ese estilo casi documental, muy de moda en estos tiempos de cine digital, nos hace preguntarnos más de una vez si todo lo que nos están contando es en realidad una grabación de unos hechos verídicos y que los actores no son tal sino personas normales y corrientes que se encuentran delante de una cámara. 

Todo se debe a una gran fase de pre-producción dónde el director creó talleres y estuvo conviviendo con todos los chicos y el profesor durante meses para lograr el máximo realismo en las interacciones entre ellos.

Como punto negativo se podría señalar la casi inexistencia de los padres en la película, aún cuando ellos forman parte del círculo educativo de un niño. Quizás una confrontación con estos habría dado puntos más interesantes a la película ya que se habrían explotado otras vías de educación y se habría dado una visión más amplia del tema. 

En conclusión, estamos ante una cinta notable que propone un juego de diálogos como método para la confrontación de conflictos. No sabemos si al final el método de François es el correcto o funciona de verdad pero la cinta nos invita a que reflexionemos y busquemos información por nuestra cuenta al final de la misma. Y eso, en los tiempos que corren, ya es pedirle mucho a una película.

lunes, 6 de mayo de 2013

Fin de Gabriela Martí

Director: Gabriela Martí
Reparto: Jennifer Jones, Marylin Lucchi, Amy Whitehouse, David Porras
Guión: Gabriela Marti
Música: Jesse Selengut
Montaje: Leeorah Betan, Patrick Burns
País: EEUU
Duración: 8’10’’
Año: 1999

Fin es un cortometraje experimental que mediante una narración inversa (dónde lo primero es el final del relato y lo último su comienzo) se nos narra una visión del dolor y la muerte. Por medio de imágenes de un contenido algo duro lo que en un principio parece que es una muerte natural se va tornando drásticamente en algo más planificado que da otras visiones de la historia y nos muestra la dureza de la convivencia día a día con la enfermedad. No se entra en detalles morales, aquí no hay buenos ni malos, sólo la realidad más triste. Es gracias a ese montaje inverso dónde nos damos cuenta de todo lo que ocurre y tomamos conciencia de ello. Tras su visionado plantea grandes cuestiones sobre la vida y la muerte, sobre la soledad y el sentirse incapacitado para seguir viviendo dependiendo de la enfermedad.








Bienvenido
























"Imagina que estás en un cine vacío delante de una pantalla en blanco.

Deja que la pantalla ocupe tu mente."

The Fury (1978)