miércoles, 12 de junio de 2013

The Shining

The Shining
Una crítica de Miguel Ángel Torres

Corría el año 1977 y Stanley Kubrick se encontraba ya en la cima del Cine siendo uno de los directores más famosos del mundo. Algunos lo consideraban un genio, otros una pantomima de un cine vacio pero muy bello exteriormente, pero lo que estaba claro es que Kubrick levantaba pasiones a todo el que veía sus películas.

Nació en Nueva York el 26 de julio de 1928 y hasta aquel momento había dirigido un una película tras otra sin parar, la reencontrada recientemente Fear and Desire, Killer’s Kiss, The Killing, Paths of Glory, Spartacus, Lolita, Dr. Strangelove, or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 2001: A Space Odissey, A Clockwork Orange y Barry Lyndon. Todas grandes películas que daban la imagen de visionario y gran autor a Stanley Kubrick a lo que se unía el misticismo hacia su figura ya que era casi invisible de cara a la imagen pública.

Barry Lyndon fue un fracaso comercial y crítico como tantos otros han tenido genios del cine de gran renombre como Alfred Hitchcock, Brian de Palma, Polanski o David Lynch. Sin embargo al director le importaba bien poco la taquilla de sus películas y en aquellos tiempos ya andaba rondando un proyecto al que le tenía mucho cariño, una adaptación del relato de Brian Aidiss Supertoys Last All Summer Long, que seguiría en píe durante toda su carrera y que el destino quiso que nunca pudiese ver realizado debido a su muerte. Tras esta, el proyecto fue a parar a Steven Spielberg, el rey Midas de Hollywood, que lo realizó e Artificial Intelligence como homenaje a gran maestro que fue Kubrick pero que no consiguió plasmar del todo las ideas que este tenía para la película. Sobre todo por el exceso de azúcar y sentimentalismo que acompaña a Spielberg en todos sus filmes. Pero eso es otra historia.

En 1977 la Warner Brothers, que hasta entonces había producido a Kubrick, llamó a este para ver si estaba interesado en un proyecto sobre un escritor de novelas de terror de moda: Stephen King, el cual había sido lanzado al estrellato después de que un gran director como Brian de Palma adaptará su novela Carrie y la convirtiera en una excelente cinta de terror y suspense marca de la casa y que generó una muy buena taquilla.

A Kubrick le encantó la novela y la historia que de ella podría sacar pero Stephen King no le gustaba nada el director, siendo uno de los muchos “fans” que detestan la obra de Kubrick. A todo esto se unía los grandes egos de ambos autores y la rotunda negativa que Kubrick tenía de moverse de Londres para realizar nada. Aún así al final se acordó que King escribiría un primer borrador de la película el cual, y como era habitual en el director, no acabó llegando a ninguna parte.

Todo esto molestó a King el cual vio como ninguna de sus ideas estaba plasmada en el tratamiento que Kubrick le mando tiempo después. Para King, The Shining era una historia más de casas encantadas que se apoderan de sus dueños. Con un enfoque algo más novedoso pero nada que no se viese anteriormente en joyas del fantástico como The Haunting, The Legend of Hell House o la muy similar en contenido Burnt Offerings de la que el libro de King coge muchos temas. Sin embargo Kubrick no estaba de acuerdo con esa visión tan simplista de King. Para él, todo el origen del mal se encontraba en el personaje de Jack Torrance, y el hotel Overlook lo único que hacia era catalizar toda esa ira y maldad que se encontraba en su interior. Esto queda muy claro en el final de la propia película cuando Kubrick hace ese enigmático plano detalle a uno de los cuadros del salón del Overlook y se descubre a Jack o un antepasado de este dentro de una fotografía de los años 20. Es Jack quien se encuentra unido al hotel y no al revés, repitiendo la misma historia una y otra vez cual fantasma encerrado en su bucle espacio-temporal del cual no puede salir.

Hay quien ve en el personaje de Jack Torrance un trasunto del propio director que intentaba poner en orden su mente y que lo que este intentaba era hacer un drama sobre la destrucción de las relaciones humanas. La historia de la familia idílica que sumida en un entorno claustrofóbico, sin opción de salir al exterior, se va consumiendo cada vez más en una espiral de destrucción. Todo esto se corrabora cuando el propio director es quien pone como influencia esencial de la película una obra titulada The Blue Hotel cuya historia gira alrededor de unos desconocidos que conviven en un hotel que al final acaban matándose unos a otros.

Se pasó así de considerar a Jack como un ser bondadoso e integro que se ve sumido en la locura porque unos espíritus lo controlan a un personaje mucho más oscuro que se va degradando poco a poco pero cuya violencia hacia su familia está bastante clara desde el inicio del filme. Nótese como en una de las escenas del principio el pequeño Danny está practicando el tiro a la diana como si supiera que un enfrentamiento va a darse en los sucesivos días y debe estar preparado. El cambio, como todo lo que realizaba Kubrick, fue a mejor como se verá posteriormente cuando Stephen King ruede junto a un amigo suyo, experto en adaptar sus libros con mejor o peor fortuna, Mick Garris, su propia versión de The Shining que no tiene ni punto de comparación con la obra de Kubrick, por excesiva, tediosa y poco aterradora. Todo lo contrario a la de Kubrick, vamos.

Tras las iras constantes de King con el proyecto, el director acabó contratando a una novelista residente en Illinois, Diana Johnson, la cual dotaba a sus personajes de una naturalidad y humanidad que era justo lo que Kubrick buscaba para los suyos. Aunque como pasó con King, la fuerte personalidad de Kubrick hace que no sepamos hasta que punto hay ideas de la escritora en el guión final de la película.

En cuanto al reparto, Kubrick sabía desde el principio que el papel de Jack Torrance debía ser para Jack Nicholson, el cual le había asombrado en la película One Flew Over the Cuckoo’s Nest de Milos Forman, el cual no estaba pasando por su momento debido a todo el asunto relacionado con la supuesta violación de una chica por su gran amigo y para quién protagonizó Chinatown, Roman Polanski, el cual tuvo que huir a Francia (cosa que profesionalmente le vino de maravilla pues no sabemos si el director habría rodado tantas grandes películas de haberse quedado en Hollywood).

Para la actriz se contrató a Shelley Duvall cuya apariencia daba justo lo que el personaje de la mujer de Jack Torrance requería: fragilidad y sometimiento. Un punto dónde la miniserie de King se equivocó totalmente dando el papel a Rebecca de Mornay cuya fuerza y vigorosidad hacia comerse en momentos por enteros al Jack Torrance de Steven Webber.

El niño, interpretado por Danny Lloyd, fue escogido entre una gran multitud en los castings que se hicieron para la película. El que fuera un completo desconocido y no alguien más famoso le dio la empatía con el público que la película necesitaba con su personaje.

Las localizaciones y como era habitual en Kubrick fueron totalmente grabadas en unos estudios de Reino Unido aunque los planos exteriores fueron tomados por un helicóptero en el hotel Timberline Lodge. Pero sólo los exteriores ya que los interiores son una reconstrucción minuciosa de otro hotel, el Ahwanee Lodge

El rodaje fue uno de los primeros en contar con la tecnología de la Stedy-Cam, tanto es así que Kubrick llegó a llamar a su creador para que grabase el mismo los planos que requerían de esta.
Pero también fue un infierno debido al detallismo y perfeccionamiento que Kubrick llevaba en sus películas. Duvall se desmoronó en el rodaje en diversas ocasiones y Nicholson, que ya de por si tenía los ánimos cambiantes empeoró mucho más. Tanto es así que es difícil descifrar cuanto hay de fingido y de real en la cinta.

Es muy interesante el juego que Kubrick plantea al espectador durante toda la película. Cuando en la mayoría de cintas del género el espectador siempre toma como punto de partida la visión de la víctima, en The Shining sucede todo lo contrario. El espectador se mete de lleno en la mente de Jack y se convierte en el malo de la función. Somos testigos de su maldad, de su locura, sus visiones…quedando en segundo plano su esposa y su hijo, que podría ser el auténtico continuador del padre con ese mal que lleva en su interior pero que no llega a explotar. Una teoría plausible podría ser que las visiones que Danny tiene, su doble personalidad, etc son fruto de su padre al haberlo engendrado y tal y como ocurre con este el hotel cataliza ese mal y lo plasma en forma de visiones aterradoras.

Este punto de vista del malo queda muy explícito en la escena de los hachazos en el cuarto de baño dónde Kubrick nos muestra tanto a su mujer y a su hijo sufriendo como al propio padre queriendo acabar con su familia.

Ya desde su arranque con ese magnífico plano aéreo uno se da cuenta que no se encuentra ante la típica cinta de terror. Desde los primeros segundos nos vemos inmersos en la locura, gracias sobre todo a un grandioso tema compuesto por Wendy Carlos que toma como referencia el Dies Irae medieval (muy apropiado para todo lo que va a pasar) y más adelante con una excelente selección de temas de otros compositores (como acostumbraba Kubrick en todos sus filmes) entre los que se encuentran entre otros Krzysztof Penderecki, Giörgy Ligeti o Bela Bartok.

Dentro del hotel se sucederán unas tras otras las horribles visiones de Danny y su padre, algunas enmarcadas ya para la posteridad en la historia del cine como la aparición de las gemelas, esa puerta del ascensor que comienza a emanar sangre sin parar o la felación que un hombre disfrazado de perro hace a otro hombre en una escena casi subliminal como muchas de las que pueblan la película. Todo un festival del horror que poco a poco se irá acrecentando hasta llegar a ese final en el laberinto.

Este laberinto, tanto físico como metafórico de la propia mente de Jack Torrance no se encuentra en el libro de King en ningún sitio, aunque luego él cogiera la idea para el laberinto de figuras de animales que se encuentra en su miniserie. De hecho casi ninguna de las escenas más horripilantes de la película se encuentra en la novela con lo cual se ve el respeto que Kubrick tenía con el material de King. Él no quería hacer una adaptación del libro, él quería hacer su propia película con algunas ideas de este y poco más. Tanto es así que la habitación 237 es en realidad la habitación 217. El reciente documental Room 237 explora estos cambios entre otras cosas y aunque se vuelve demasiado conspiranóico en ciertos momentos es cierto que resulta muy interesante de visionar en otros para comprobar cómo ha afectado la película a ciertas personas.

The Shining funcionó bien en taquilla desde el principio, no tanto con la crítica la cual la trató duramente al considerarla una adaptación fría y pésima de la obra de Stephen King, El propio King quedó muy descontento y hay una anécdota que dice que lo que más le dolió fue ver que el Volkswagen rojo de su novela se convertía en amarillo en la película pero que en la propia si hay un Volkswagen rojo. Enterrado en la nieve y accidentado en una escena donde Halloran conduce hasta el Hotel Overlook para salvar a la familia. Por cierto, Halloran tampoco muere en el libro. Y eso que King es el rey del terror.

Este mal recibimiento hizo que Kubrick cortase el metraje de 143 minutos de la versión estadounidense a 114 en la versión europea. Hoy en día con toda la tecnología que existe al alcance de cualquier persona es fácil de encontrar y comprar el dvd estadounidense de la película y comprobar los cortes y cambios que hay en la versión europea.

A pesar de todo esto, The Shining es junto con The Exorcist una de las cumbres del horror moderno, que aún sigue aterrorizando a quien la ve y que lo hará por los siglos de los siglos. 

Pues el mal es eterno

jueves, 23 de mayo de 2013

Gran Torino

Gran Torino
Una crítica de Miguel Ángel Torres Ponce

Nos encontramos ante un largometraje estrenado en 2008, dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, un director peculiar, actor en sus comienzos e ídolo impertérrito de un género como el western.
Se puede interpretar este filme, dónde Eastwood nos muestra esa otra cara de bondad y fe en el ser humano como ya hizo con Million Dollar Baby, como un estudio rápido y pormenorizado sobre los prejuicios y estereotipos racistas y machistas que asolan los Estados Unidos en la actualidad. Aunque la globalidad también es uno de sus objetivo

Eastwood, quien también se reserva el papel principal en la película, también nos enseña una reinterpretación con respecto a los antiguos papeles que ya interpretase en el pasado, y que tan buen éxito de taquilla y público le dieron, dentro del género policíaco.

Sin embargo, la historia que nos cuenta no deja de ser muy fría en cuanto a emociones, muy maniquea. La transformación que se da en Eastwood en días no es creíble. Nadie pasa de ser un ser testatarudo con unos fuertes principios a ser alguien diametralmente distinto.  Y es en este punto donde la historia flaquea por enteros. Si no llegas a creerte este punto la película se cae completamente y lo que queda es un panfleto moral que no indaga en los por qués de esa xenofobia en los Estados Unidos, sólo la muestra y tampoco llega a ofrecer soluciones satisfactorias. Y quizás ese no sea su cometido, que para eso están los largos y grandes estudios que al tema le dedican filósofos y antropólogos, pero a este crítico le resultaría más cómodo adentrarse en el relato de Eastwood de ser así.

Todo está muy manipulado. Las cosas son así porque Eastwood sabe que tiene que ser así y la normalidad que debe transmitir un vecindario más de Norteamérica se transforma en un escenario de teatro dónde el director va moviendo los personajes según le conviene.  Uno de estos puntos es el lugar de procedencia de la familia inmigrante que hace que todos los pensamientos anteriores del personaje de Eastwood cambien en tiempo record. Los Hmong, son una antigua aliada estadounidense en la Guerra de Vietnam, gran tema del cine de los Estados Unidos que ha sido llevado infinidad de veces por grandes directores como Casualties of War de Brian de Palma. Un pueblo que queda muy simplificado en la historia de Eastwood, con una historia muy dura por detrás y que el lector podrá encontrar fácilmente buscando en libros o en la red, ya que el cometido de esta crítica no es lanzar una parrafada y dar lecciones de historia. Lo que cuenta es lo que cuenta. Y lo que se cuenta es lo mismo de siempre. Qué buenos son los estadounidenses, que malos son los comunistas

Con respecto a lo que se muestra del resto de inmigrantes que integra el barrio dónde el personaje de Eastwood vive no hay mucho que decir. Cómo ya resultan mil veces vistos en otras películas que la sensación que nos produce es la de un constante deja vu dónde sabemos lo siguiente que va a pasar, nos adelantamos a los pensamientos de sus protagonistas y resolvemos el final de la historia mucho antes de que esta llegue a su clímax. Cómo ya ocurría en una cinta de similares contenidos, pero de peor factura, Crossing Over, el ideal del inmigrante bueno para los Estados Unidos es aquel que intenta integrarse en su cultura y ser un estadounidense más aunque por el camino pierda toda una tradición milenaria. Eso es lo que representa en el fondo ese coche que cuida con ahínco el protagonista, símbolo del american way of life, del esfuerzo que requieren los grandes objetivos y que es ansiado por el chico inmigrante. La escena dónde este es retado a destrozarlo por una panda de inmigrantes familiares lo deja claro. Y es que el no seguir con los conceptos de vida de los Estados Unidos es el auténtico eje de la historia. Los malos son malos porque no quieren convertirse en estadounidenses.

Eastwood podría haberse esmerado mucho más en la construcción de personajes y haber entregado una gran cinta sobre estos principios y prejucios que asolan el lugar dónde vive desde hace décadas, en vez de seguir jugando al juego de siempre. Y es que de las bases de Gran Torino a las de Dirty Harry no hay más que un pequeño paso. El pensamiento de Eastwood se ve a leguas. No lo intenta enmascarar si quiera un poco para que el espectador no afín se sienta más conforme con sus ideas.

Así, lo que tenemos al final es un western crepuscular. Una película de vaqueros dónde ya no hay enfrentamientos con pistolas y montando a caballo bajo el atardecer. El personaje de Eastwood es representado como ese guardián de los valores de la sociedad, que no desea que esta sufra daños y cambios. No está tan alejado del personaje de Gary Cooper en High Noon, donde decide combatir el sólo a una panda de forajidos que vienen a destruir la apacible vida de su pueblo o incluso un Harry ya en épocas bajas y a punto de jubilarse  con la diferencia de que en Gran Torino el conflicto se resuelve de forma dialéctica y no a base de tiros. Aquí no hay ley del Talión, del ojo por ojo, que tanto ha divertido al espectador en sus anteriores películas.

Otro punto a remarcar es el papel que juega la iglesia en toda la película como símbolo de salvación. Todo muy moralista como se ha escrito anteriormente. La iglesia vuelve a tener el papel de organismo conciliador como se demuestra en la escena dónde vemos un grupo de terapia de distintas etnias hermanados bajo el seno de esta.

La salvación es otro gran concepto que sobrevuela la historia desde el comienzo. Nunca es tarde para redimirse y todo mal recibirá su castigo en un momento u otro.
Esta idea también reside en el personaje de Eastwood que en el pasado cometió hechos horribles y espantosos y por lo tanto, aunque se redime y limpia sus pecados con su acto final por salvaguardarlos a todos, obtiene su pena que cumplir.

La música en ese sentido, compuesta por su propio hijo, Kyle Eastwood y Michael Stevens, es bastante reveladora en todo. A  penas unas notas, como nos tiene acostumbrados este autor en sus películas, un estilo minimalista para crear una melodía serena y sencilla, de carácter melancólico y esperanzador.


La conclusión que se llega una vez visto el fin es muy insatisfactoria. No es un mala película y la mano de Eastwood en la dirección salva muchas escenas en la misma pero nos suena a muchas otras películas que se desarrollan igual. Sin ir más lejos, la película Up nos presenta la misma transformación aunque de forma algo más creíble a pesar de lo fantástico de la historia.  

miércoles, 8 de mayo de 2013

Entre les Murs

Entre les Murs
Una crítica de Miguel Ángel Torres Ponce


Entre les Murs es una película de 2008 dirigida por el director francés Laurent Cantet y que está basada en el libro homónimo del escritor François Bégaudeau sobre las enseñanzas y vicisitudes de un profesor ante su clase. . Se alzó con el máximo galardón en el Festival de Cine de Cannes. Cantet, que curiosamente es hijo de profesores, ya es un director reconocido en su país y también fuera de este. Tres son los largometrajes a sus espaldas y una anécdota nos cuenta que conoció al escritor de la novela durante el estreno de Vers le Sud (Cantet, 2005). 

Bégaudeau, que es profesor de instituto, escribe una historia casi autobiográfica pero que se aleja de otras novelas y materiales sobre el mismo tema. Aquí no tenemos historias de profesores frustrados con sus alumnos a los que intentan dar una lección de moral y fe en el ser humano. Es algo más realista, mucho más familiar y que cualquiera que haya estado en una clase, tanto de profesor como de alumno, se ve reflejado en alguno de los personajes y empatiza rápidamente con los mismos.

La película de Cantet sigue a su vez una estela del cine francés sobre la temática de la educación. Conocidas son Ça commence aujourd'hui de Bertrand Tavernier o Être et avoirde de Nicolas Philibert. Aunque esta se encuentra rodada bajo unos tándemes más propios del cine documental que de una película de ficción más. 

Lo que vemos en la película es la representación bajo un microcosmos como es una clase de un instituto, de un macrocosmos mayor como es la Francia actual. Así a base de estereotipos fácilmente reconocibles se nos presenta la realidad de un país donde el influjo cultural, como todo, tiene su lado positivo y su lado negativo. 

Siguiendo el esquema de la recomendable Dangerous Minds con una espléndida Michelle Pfeiffer, el relato centra su acción, al igual que ocurre en la novela, en el día a día de un profesor de que imparte francés en un instituto. Françoise, interpretado por el propio escritor de la novela en un juego de metaficción para lograr el máximo realismo posible de la historia, intenta dar sus clases basándose en el diálogo conciliador entre todos sus alumnos dónde lo que se fomenta es la participación de estos en la misma y sus puntos de vista de los temas que se tratan. Él le da total libertad de participación a sus alumnos, lo que le lleva a meterse en algún que otro malentendido como aquel que ocurre con un estudiante que le pregunta si es homosexual. Esta escena que podría haberse rodado como un conflicto más significativo en otra película más irreal y hollywoodiense, Cantet la retrata con la más absoluta normalidad, es una pregunta más que se responde con un no de lo más normal. 

Así, tanto los propios alumnos como el propio profesor van madurando durante todo el film. No ocurre lo mismo con el resto de profesores que en un principio están entusiasmados de impartir clases pero que a medida que pasa el tiempo van decayendo, entrando en una espiral de pesimismo hacia sus alumnos. Se muestra así las dos caras de una misma moneda y los distintos modos de enfrentarse ante un hecho común.

Entre diálogos, algunos más interesantes que otros, se dará lugar a una batalla dialéctica dónde tendrán cabida todas las preocupaciones de un adolescente actual como el deporte, la soledad, los complejos físicos, la desmotivación ante los estudios…

Pero no todo podía ser tan utópico. Esta representación de un país también tiene sus límites como se ve en la escena dónde el personaje de Souleymane golpea sin querer a una chica tras una acalorada conversación. La fuerza siempre está presente en nuestra vida y la violencia es el día a día de una sociedad que aunque civilizada no olvida los tiempos pasados de barbarie. 

Las consecuencias posteriores que tendrá este acto será otro reflejo social de este microcosmos de alumnos. Se creará un consejo escolar y se enjuiciará a Souleymane con el castigo de la expulsión del colegio, aunque no queda claro si también tendrá que irse del país. Así el alumno aprende que todo acto tiene consecuencia y que la violencia tiene siempre su castigo. Es este personaje quizás el que saca al espectador un poco de ese realismo fingido que se ha estado planificando durante toda la película. Sabemos que al final va a ser él y no otro el que reciba una dura lección. Nos lo van dando a entender durante todo el filme y quizás habría sido mejor una sorpresa enjuiciando a otro alumno y no al que todo el mundo espera.

Lo más interesante del filme es sin duda la forma en la que está grabado. Ese estilo casi documental, muy de moda en estos tiempos de cine digital, nos hace preguntarnos más de una vez si todo lo que nos están contando es en realidad una grabación de unos hechos verídicos y que los actores no son tal sino personas normales y corrientes que se encuentran delante de una cámara. 

Todo se debe a una gran fase de pre-producción dónde el director creó talleres y estuvo conviviendo con todos los chicos y el profesor durante meses para lograr el máximo realismo en las interacciones entre ellos.

Como punto negativo se podría señalar la casi inexistencia de los padres en la película, aún cuando ellos forman parte del círculo educativo de un niño. Quizás una confrontación con estos habría dado puntos más interesantes a la película ya que se habrían explotado otras vías de educación y se habría dado una visión más amplia del tema. 

En conclusión, estamos ante una cinta notable que propone un juego de diálogos como método para la confrontación de conflictos. No sabemos si al final el método de François es el correcto o funciona de verdad pero la cinta nos invita a que reflexionemos y busquemos información por nuestra cuenta al final de la misma. Y eso, en los tiempos que corren, ya es pedirle mucho a una película.

lunes, 6 de mayo de 2013

Fin de Gabriela Martí

Director: Gabriela Martí
Reparto: Jennifer Jones, Marylin Lucchi, Amy Whitehouse, David Porras
Guión: Gabriela Marti
Música: Jesse Selengut
Montaje: Leeorah Betan, Patrick Burns
País: EEUU
Duración: 8’10’’
Año: 1999

Fin es un cortometraje experimental que mediante una narración inversa (dónde lo primero es el final del relato y lo último su comienzo) se nos narra una visión del dolor y la muerte. Por medio de imágenes de un contenido algo duro lo que en un principio parece que es una muerte natural se va tornando drásticamente en algo más planificado que da otras visiones de la historia y nos muestra la dureza de la convivencia día a día con la enfermedad. No se entra en detalles morales, aquí no hay buenos ni malos, sólo la realidad más triste. Es gracias a ese montaje inverso dónde nos damos cuenta de todo lo que ocurre y tomamos conciencia de ello. Tras su visionado plantea grandes cuestiones sobre la vida y la muerte, sobre la soledad y el sentirse incapacitado para seguir viviendo dependiendo de la enfermedad.








Bienvenido
























"Imagina que estás en un cine vacío delante de una pantalla en blanco.

Deja que la pantalla ocupe tu mente."

The Fury (1978)